Cuba diseña la hoja de ruta de adaptación frente al cambio climático

 

30/6/2026. Durante muchos años el mundo apostó casi exclusivamente por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. La premisa parecía sencilla: si se lograba frenar el calentamiento global, no sería necesario modificar la forma en que las sociedades convivían con el clima. Sin embargo, la realidad avanzó más rápido que las negociaciones internacionales. Las temperaturas continuaron aumentando, los eventos extremos se hicieron más intensos y millones de personas comenzaron a experimentar los efectos de un planeta distinto al que conocían.

Ello explica por qué la adaptación ocupa hoy un lugar central en la agenda climática internacional y también por qué Cuba trabaja en la elaboración de su primer Plan Nacional de Adaptación, un instrumento concebido para integrar el conocimiento científico, las políticas públicas y la planificación del desarrollo en un escenario donde el cambio climático ya no constituye una amenaza futura, sino una realidad cotidiana.

Precisamente ese fue el eje del Taller para la Hoja de Ruta del Plan Nacional de Adaptación, un espacio que reunió a especialistas, decisores y representantes de diversos sectores con el propósito de construir las bases técnicas del documento que deberá orientar la adaptación del país durante los próximos años. Más que diseñar un plan, el encuentro buscó responder una pregunta mucho más compleja, ¿cómo prepararse para un clima que cambia constantemente y cuyos impactos se manifiestan de forma diferente en cada territorio?

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Eduardo Planos Gutiérrez, asesor de Tarea Vida

Elaborar un plan nacional no significa únicamente identificar amenazas climáticas. Implica comprender cómo esas transformaciones afectan la economía, la salud, la seguridad alimentaria, los ecosistemas y la calidad de vida de las personas, además de establecer mecanismos que permitan evaluar si las decisiones adoptadas realmente reducen la vulnerabilidad del país.

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Asesor del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), Orlando Rey

Para el asesor del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), Orlando Rey, comprender el origen de la adaptación en el ámbito internacional resulta indispensable para entender el momento que vive hoy Cuba.

“Cuando en 1992 fue aprobada la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el objetivo fundamental consistía en disminuir las emisiones responsables del calentamiento global. La adaptación apenas ocupaba espacio dentro de las negociaciones porque predominaba la convicción de que una reducción significativa de las emisiones impediría que los impactos alcanzaran niveles preocupantes”, compartió el experto.

Las negociaciones para reducir emisiones avanzaron lentamente debido a las profundas diferencias entre países desarrollados y en desarrollo, mientras los efectos del cambio climático comenzaron a hacerse cada vez más visibles. Las naciones insulares, los territorios con menor desarrollo económico y las poblaciones más vulnerables fueron las primeras en enfrentar una realidad que ya no podía resolverse únicamente mediante compromisos de mitigación.

Fue entonces cuando la adaptación comenzó a ganar espacio dentro de las negociaciones internacionales hasta convertirse, casi dos décadas después de aprobada la Convención, en uno de los pilares fundamentales de la acción climática. Los Planes Nacionales de Adaptación surgieron formalmente en 2010 como una herramienta para ayudar a los países a prepararse frente a impactos que, aun reduciendo las emisiones, ya resultarían inevitables.

No obstante, la evolución de esos planes también dejó importantes lecciones.

Muchos fueron elaborados con apoyo de organismos internacionales y alcanzaron elevados estándares técnicos. Sin embargo, una parte considerable terminó enfrentando el obstáculo de la ausencia de financiamiento suficiente para ejecutar las acciones previstas.

Hoy el debate internacional ya no gira solamente alrededor de cómo diseñar planes de adaptación, sino de cómo financiarlos y de qué manera medir sus resultados. La discusión sobre la Meta Global de Adaptación establecida en el Acuerdo de París refleja precisamente esa preocupación. Los países en desarrollo reclaman recursos que permitan convertir las políticas en transformaciones reales y no únicamente en documentos técnicos. En ese escenario internacional se inserta Cuba.

Aunque el país acumula décadas de investigaciones sobre cambio climático y cuenta con instrumentos como Tarea Vida, los especialistas reconocen que aún existe la deuda de disponer de un Plan Nacional de Adaptación que articule de manera coherente las acciones sectoriales, territoriales e institucionales bajo una estrategia común.

Durante el taller destacó que “adaptación no significa reaccionar ante un huracán ni responder a una sequía”. Los huracanes, las lluvias intensas o los períodos secos siempre han formado parte del clima cubano. El cambio climático no crea esos fenómenos, sino que modifica su intensidad, frecuencia y comportamiento, haciendo mucho más compleja la planificación del desarrollo. Confundir ambos conceptos puede conducir a diagnósticos equivocados y, en consecuencia, a políticas ineficaces.

Esa precisión conceptual resulta esencial porque la adaptación no consiste únicamente en proteger infraestructuras o responder a emergencias. Su propósito es lograr que las personas puedan mantener o incluso mejorar sus condiciones de vida en un clima diferente, incorporando esa nueva realidad a todas las decisiones de desarrollo.

Medir la adaptación: el desafío de demostrar que las políticas funcionan

Construir un Plan Nacional de Adaptación supone identificar amenazas, definir prioridades y establecer acciones concretas. Sin embargo, los especialistas coincidieron en que el verdadero reto comienza al demostrar que esas medidas realmente reducen la vulnerabilidad del país.

La adaptación exige analizar cuidadosamente las interacciones entre sectores y ecosistemas. Una solución beneficiosa para la agricultura puede generar impactos negativos sobre la biodiversidad; una medida favorable para proteger viviendas puede afectar la dinámica natural de una costa.

De ahí que el nuevo Plan Nacional de Adaptación no aspire únicamente a enumerar acciones, sino también a incorporar herramientas que permitan evaluar sus consecuencias antes y después de implementarlas.

El desafío consiste en construir un conjunto reducido de indicadores sólidos, comparables en el tiempo y directamente vinculados con las prioridades nacionales.

Los especialistas insistieron en que Cuba no necesita adoptar automáticamente todos los marcos internacionales disponibles. La tarea consiste en seleccionar aquellos que respondan a las características del país y permitan evaluar con rigor las políticas públicas.

De los escenarios a la acción: la adaptación se construye desde los territorios

Durante los últimos años diferentes proyectos han generado conocimientos que ahora pretenden incorporarse al futuro Plan Nacional de Adaptación. Entre ellos destaca AdaptaHabana, concebido como una experiencia piloto para trasladar la adaptación climática al ámbito municipal.

El proyecto, desarrollado en seis municipios costeros de La Habana, ha permitido probar metodologías para integrar la gestión del riesgo, la planificación territorial y la participación de los gobiernos locales frente a los desafíos del cambio climático. Más que ofrecer soluciones universales, su principal aporte radica en identificar prácticas exitosas que puedan adaptarse posteriormente a otros territorios del país aseguró su directora, .

Otro de los aprendizajes compartidos durante el taller estuvo relacionado con la comunicación. Los expertos consideraron necesario abandonar los discursos excesivamente triunfalistas que presentan experiencias puntuales como si constituyeran soluciones generalizadas para todo el país.

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Una práctica exitosa en un municipio costero puede no ser aplicable en otro territorio con condiciones ambientales, económicas o sociales completamente distintas.

La adaptación no admite recetas universales. Precisamente por ello, el futuro Plan Nacional de Adaptación busca convertirse en un marco flexible capaz de orientar políticas nacionales sin perder de vista las particularidades locales. La estrategia pretende construir un sistema donde la ciencia, la gestión pública y las experiencias desarrolladas en los territorios dialoguen de manera permanente para enfrentar uno de los mayores desafíos del desarrollo nacional.

El país ya vive bajo condiciones climáticas diferentes a las de hace apenas unas décadas. La temperatura media ha aumentado, los períodos de sequía se prolongan, las lluvias modifican su comportamiento y el ascenso del nivel del mar continúa ejerciendo presión sobre las zonas costeras. En ese contexto, planificar el desarrollo sin incorporar la variable climática significa aumentar la vulnerabilidad del territorio y comprometer la eficacia de las inversiones que se realizan hoy.

Desde esa perspectiva, el Plan Nacional de Adaptación no se concibe como un documento exclusivo para especialistas en medio ambiente. Su alcance abarca prácticamente todos los sectores de la sociedad.

La construcción del Plan Nacional de Adaptación supone definir prioridades, ordenar inversiones, fortalecer capacidades institucionales y desarrollar herramientas que permitan evaluar si las decisiones adoptadas realmente disminuyen la vulnerabilidad del país.

Más que prepararse para un escenario lejano, el país enfrenta la necesidad de planificar un presente distinto.

La adaptación dejó de ser una posibilidad para convertirse en una condición indispensable del desarrollo. Y la eficacia del futuro Plan Nacional de Adaptación no dependerá únicamente de la calidad de sus diagnósticos, sino de su capacidad para traducir la ciencia en políticas efectivas, financiables y capaces de responder a un clima que seguirá transformándose.

Tomado de Juventud Técnica